Llevo dándole vueltas bastante tiempo a algo que me reconcome y entristece. En estos días de sentimentalismo programado y consumismo enaltecido, me pongo a reflexionar acerca de algo, que no concibo cómo puede ocurrir.
Quizá realice un análisis sesgado y demasiado sintético, pero es algo que me resulta demasiado alienante como para obviarlo.
Cuando pienso a cerca de qué vínculos establecen las personas en las parejas, veo una relación interautoritaria, de prisión mutua promovida por una exclusividad de la percepción de la otra persona como fuente suprema y prioritaria de felicidad y placer, y que se retroalimenta y se hace adictivo.
Y eso me entristece, pues veo cómo este proceso de por así llamarlo enamoramiento, va dinamitando silenciosamente la estructura individual de la persona, desplaza prioridades, desnaturaliza la esencia del individuo, y lo lleva al alejamiento o de relaciones de amistad que pueden ser mucho más constructivas y productivas, todo a causa de este proceso de recompensa, que en sí mismo invita a ser irreflexivo, hasta el punto de cegarse la voluntad.
Es más, cuando esos estímulos se acaban, o por circunstancias de la vida se rompe ese vínculo, se pone de manifiesto su fragilidad y su naturaleza degradadora, pues en la mayoría de los casos, tras una ruptura, la cercanía mostrada durante la relación se invierte, y se convierte en la mayoría de casos en un distanciamiento absoluto, incluso en rechazo y evitación, cuando una amistad continuada y cercana podría haber sido una fuente infinita de autorrealización y apoyo mutuo.
Por eso, a riesgo de ganarme el rechazo general, y dejándome una parte muy importante de esta reflexión en el tintero, os digo: ¡romped los cánones en las relaciones sociales y no os sometáis a un fenómeno autoinfringido de privación de la individualidad!
Quizá realice un análisis sesgado y demasiado sintético, pero es algo que me resulta demasiado alienante como para obviarlo.
Cuando pienso a cerca de qué vínculos establecen las personas en las parejas, veo una relación interautoritaria, de prisión mutua promovida por una exclusividad de la percepción de la otra persona como fuente suprema y prioritaria de felicidad y placer, y que se retroalimenta y se hace adictivo.
Y eso me entristece, pues veo cómo este proceso de por así llamarlo enamoramiento, va dinamitando silenciosamente la estructura individual de la persona, desplaza prioridades, desnaturaliza la esencia del individuo, y lo lleva al alejamiento o de relaciones de amistad que pueden ser mucho más constructivas y productivas, todo a causa de este proceso de recompensa, que en sí mismo invita a ser irreflexivo, hasta el punto de cegarse la voluntad.
Es más, cuando esos estímulos se acaban, o por circunstancias de la vida se rompe ese vínculo, se pone de manifiesto su fragilidad y su naturaleza degradadora, pues en la mayoría de los casos, tras una ruptura, la cercanía mostrada durante la relación se invierte, y se convierte en la mayoría de casos en un distanciamiento absoluto, incluso en rechazo y evitación, cuando una amistad continuada y cercana podría haber sido una fuente infinita de autorrealización y apoyo mutuo.
Por eso, a riesgo de ganarme el rechazo general, y dejándome una parte muy importante de esta reflexión en el tintero, os digo: ¡romped los cánones en las relaciones sociales y no os sometáis a un fenómeno autoinfringido de privación de la individualidad!